Helena Harper

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Helena Harper

Mensaje por Helena Harper el Lun Oct 05, 2009 11:27 pm



Nombre
Helena Harper.

Especie
Humanos.

Edad
16 años.

Fecha de Nacimiento
Octubre 16.

Lugar de Residencia
La Push.

Descripción Física
Helena Harper

Descripción Psíquica


Tímida, esa podría ser una de las mejores maneras de definir a Helena en este aspecto. Resulta que ella es de las que procura no entablar demasiadas conversaciones, por lo que su vida social suele apestar un poco, pero eso no le quita el sueño pues su mayor interés es pasar desapercibida. No le gusta llamar la atención y le molesta que las personas la miren fijamente durante más de dos minutos seguidos. Aunque hay que admitir que le encanta observar a la gente y estudiarlas de manera detallada, pero trata de luchar contra eso y ser mucho menos indiscreta.

Oculta un gran secreto y siente miedo de que alguien pueda descubrirlo, por esta razón nunca menciona a su familia, para todo el mundo es huérfana y se ha ido a La Push por mera elección al azar, no tolera a las personas que intentan averiguar algo más sobre su vida y cuando una conversación se torna “peligrosa” opta por desviar el tema.

Algunas veces se muestra triste y otras, enojada, pero no es algo que deba preocupar demasiado pues nunca permite que sus molestias o tristezas “salpiquen” las vidas de las personas que la rodean. Siempre opta por encerrarse en sí misma y despotricar contra el mundo, sin dirigirse a una persona en especial. Eso sí, cuando alguien logra molestarla en serio, se encarga de dejarle en claro que ella no es de las personas que permiten que se les humille. Pues parecerá muy dulce, pero hace mucho tiempo que se enteró de una cosa: la dulzura no lleva a muchos lugares que se diga.

A pesar de tener sólo dieciséis años, se debe admitir que Helena es una chica bastante madura, no es de las que sueña con mundos perfectos y se queda sentada a ver cómo se crea ese mundo, sabe que si quiere algo debe luchar por ello y no deposita esperanzas en cosas sin sentido. Suele decir una frase que a mucha gente le choca, pero que a ella puede definirla de manera perfecta: “No sueñes con el premio mayor de la lotería si resulta que no vas a comprar el boleto, no sueñes con grandes cosas si no eres capaz de hacer grandes sacrificios y por lo que más quieras, no sueñes con una vida perfecta si no eres capaz de luchar por ella”.



Ocupación
Es estudiante del penúltimo año en el Instituto de Forks.

Familia


En Forks y La Push todos creen que es huérfana, pero realmente sus padres están vivos y residen en su Inglaterra natal, junto a sus dos hijas mayores, pues Helena resultó ser la menor de tres hermanas. Tomando este dato en cuenta, se puede hacer una pequeña aclaratoria:

-William y Elizabeth Barlow son sus padres mientras que Catherine y Angela Barlow son sus hermanas mayores.


Historia Personal


Año 2092, mañana del dieciséis de octubre.

Martina Harper había llorado toda la noche del decimoquinto día de aquel mes, quejándose de los incesantes dolores de parto que anunciaban la llegada de su primera hija y prácticamente no le permitían moverse de la cama a la que había ido a parar por órdenes de su madre, quien preocupada por la falta de atención médica de la que su hija era víctima, decidió que su nieta nacería en el seno de su propio hogar. David Harper continuaba trabajando y no podía dejar la construcción sin antes haber culminado con el montaje de nuevas tuberías en el complejo comercial que se estaba edificando. Y su abuelo Charles iba de un lado a otro con un teléfono en las manos, esperando la respuesta de algún centro médico que se dignara a aceptar a su hija en su sala de partos.

Pero la respuesta nunca llegó, al menos no la positiva, por lo que la pequeña Helena tuvo que ver, por primera vez, la luz del mundo… en medio de la sala de su casa, siendo recibida por gritos de alegría y alivio a la vez, junto a unos abuelos amorosos, un padre preocupado que había llegado a casa algunas horas antes de su nacimiento y había permanecido al lado de su esposa, una Martina asustada pero feliz. La niña había llegado a la familia, ya no había nada por lo que preocuparse. Salvo por una cosa: la inminente mudanza a los Estados Unidos que se presentó cuando la niña sólo contaba con tres meses de edad. Los Harper se instalaron en Michigan, específicamente en Detroit y desde ese momento las cosas comenzaron a cambiar, para bien… siempre para bien. Pues David consiguió un mejor trabajo e incluso Martina pudo dar clases en una de las escuelas de la ciudad, elevando, considerablemente, la calidad de vida de los Harper.

Los días y las noches llegaron para luego irse en silencio y dar paso a las semanas y los meses que más tarde se convertirían en años y que harían de Helena una hermosa niña que ansiaba un hermanito para poder jugar por las tardes, luego de volver del colegio. Pero sus padres nunca pudieron cumplirle ese sueño, así que tuvo que conformarse con tener todos los amigos que pudiera tener, porque según ella, alguno podría ser lo suficientemente bueno como para que sus padres lo consideraran como un hijo más, por lo que ella de una u otra manera sí tendría un hermano.

Esta idea la llevó a conocer a Erin Travers y Aaron Downer, quienes se convertirían en sus mejores amigos de la infancia y con quienes compartiría más que un lazo de amistad, pues tal y como lo había predicho, la dulce Travers y el osado Downer se convirtieron en sus hermanos y confidentes. Los chicos que se encargaron de crecer a su lado y acompañarla en los momentos más difíciles, pues al cumplir dieciséis años, tanto sus padres como sus abuelos perdieron la vida en un aparatoso accidente automovilístico, situación que la obligó a vivir en la casa de Erin durante unos meses y en el hogar de Aaron durante otros tantos, hasta que no pudo resistirlo por mucho tiempo más y supo que debía cambiar el rumbo de su vida. Decidida, tomó sus cosas una mañana y luego de dejar una carta a sus dos mejores amigos, se enrumbó al estado de Washington, para buscar una casita en La Push e instalarse en el lugar, dispuesta a rehacer su vida y cumplir los deseos de sus padres: ser feliz.

¿Fin de la historia? La verdad es que es sólo el comienzo de una mentira… o el final de una verdad. El relato de vida que “Helena Harper” le entrega al mundo, intentando ocultar sus verdaderas vivencias, intentando mantener un secreto que ha cambiado su vida de manera radical y para siempre.

Pero es mejor hacer una aclaratoria. Helena Harper no existe. El verdadero nombre de esta chica de casi diecisiete años es Delilah, Delilah Barlow. Y no es miembro de una humilde familia, sino que es hija de uno de los empresarios más importantes de toda Inglaterra. Sí, nació en Octubre 16, durante una mañana lluviosa, pero su nacimiento se dio en una clínica reconocida y no hubo miedos, pues su madre ya estaba acostumbrada a todo aquel asunto de traer niños al mundo. Aunque realmente se debería decir “niñas al mundo” pues Delilah es la menor de tres hermanas.

Al ser hija de un matrimonio adinerado y ser miembro de una familia bastante bien acomodada, la niña nunca tuvo problemas relacionados con la falta de algún juguete o la asistencia a un buen colegio, de hecho, asistió a los mejores colegios de Londres y se rodeó de los amigos más influyentes, pero nada de eso pudo cambiar lo que sentía con respecto a aquel mundo en el que vivía: definitivamente le habría gustado crecer en medio de una familia humilde pero que realmente conociera el significado del amor, la unión, el respeto, la confianza y tantas otras cosas que a ella simplemente le hicieron falta. Y es que nunca veía a sus padres durante más de tres días seguidos, siempre estaban de viaje pues él era empresario y tenía ruedas de negocios, mientras que ella era su fiel y adorable esposa, que no podía dejarlo solo en ningún momento y que claro, aprovechaba los viajes para irse de tiendas por cada ciudad que visitaban, dejando a las niñas al cuidado de las mucamas que nunca pudieron emular siquiera a William y Elizabeth Barlow… pero que al menos les daban mucho más cariño que ellos.

A los cinco años entró a una Academia de Baile y con el paso del tiempo descubrió que su verdadera pasión era el Ballet, por lo que se esforzó durante cada día para ser la mejor de su clase y que sus padres pudieran darse cuenta de aquello, que pudieran saber que su hija había nacido para ser una Prima Ballerina, que algún día danzaría en el Bolshoi.

Pero claro, no contaba con los deseos de William, quien no veía en el Ballet una verdadera profesión y no estaba dispuesto a permitir que su hija se dedicara únicamente a bailar. Pensaba que podía seguir haciéndolo, pero que también debía estudiar Leyes, Medicina, Ingeniería o algo que hiciera de ella una chica con algún tipo de futuro brillante. El detalle estaba en que la chica no quería seguir esas carreras, su vida estaba hecha para la danza, para un teatro y unas zapatillas, para el Ballet y nada más. Por esta razón luchó mucho más, porque debía demostrarle a su padre y demostrarse a ella misma que podía ser una balletista reconocida, una bailarina de talla mundial, su nombre iba a ser escuchado por cada persona en el planeta, ella no descansaría hasta lograrlo.

Así fue como consiguió sobreponerse a los reclamos de su padre, al abandono de su madre y a las constantes molestias de sus hermanas mayores. Ellas siempre fueron las chicas que soñaban con complacer a William y Elizabeth, para que ellos les prestaran más atención, eran capaces de hacer lo que ellos pidieran sólo para sentir que al menos les querían y se interesaban por ellas cuando las felicitaban por ser aceptadas en la Universidad y comenzar a estudiar Leyes y Medicina aunque no quisieran hacerlo. Eran personas vacías que se divertían haciéndole ver que siempre serían las consentidas de sus padres.

Pero todo eso cambió varios días después de su decimosexto cumpleaños, una tarde mientras acudía a una de sus clases de ballet, pudo ver a lo lejos a un chico que no conocía. No comprendía cómo ni mucho menos por qué, pero sabía que debía aproximarse a él y al menos mirarlo más de cerca. Tiempo después de ese día, comprendería que ella no había tenido nada que ver en todo aquel asunto, el responsable de ese acto sin sentido había sido su propio corazón, que se había visto obligado a latir junto al corazón de aquel joven, que había llamado la atención de la chica simplemente por no haberlo visto antes por el camino que a diario transitaba. Curiosidad por lo nuevo, intriga por lo desconocido.

En medio de una calle de Londres, ella conoció al que se convertiría en el amor de su vida.

Stefano, así se llamaba. Stefano Mancini, sin duda italiano, de ojos claros y cautivadores que iban de la mano con la expresión dura de su rostro. Eran como la calma en medio de la tormenta. Como el momento de respiro en medio de toda la agitación del mundo. Eran la paz que se reflejaba en ellos y la seguridad que sin temor a equivocarse, sintió desde el primer momento en que los vio. Eran profundos, enigmáticos, eran misteriosos y sin embargo ella sentía que podía ver su alma a través de ellos. ¿Si se enamoró a primera vista? Realmente nunca pudo saberlo, lo único que sí pudo saber era que no volvería a ser la misma luego de haber visto aquellos ojos.

Solamente había un detalle. Stefano no parecía ser el tipo de chico que se fijaba en una bailarina de ballet, en una chica simple como ella. Él tenía toda la pinta de ser un aventurero, acostumbrado a ver millones de rostros ¿qué podía tener el suyo de especial? ¿Qué podría tener ella para no permitirle irse nunca de su lado? Era una tonta soñadora, que veía el mundo de una manera especial. Ella era la niña dulce que bailaba de puntitas y tenía dieciséis años. Una estudiante de Instituto siempre molestada por sus dos hermanas mayores, que incluso eran mucho más guapas que ella. Abandonada por sus padres, que no estaban para darle un abrazo pero sí para ordenarle estudiar Medicina. Era una simple chica en medio de una ciudad repleta de gente interesante. Definitivamente Stefano nunca se fijaría en ella.

Pero eso no impidió que la joven continuara soñando, porque algunas veces no hacía más que eso. Soñar sin temor a despertar. Soñaba con un mundo en el que Stefano pudiera ver más allá de sus ojos, que se atreviera a analizar cada espacio del corazón de Delilah, soñaba con el día en el que bajo la lluvia él le confesara que la quería, que no podía dormir por las noches simplemente porque no dejaba de pensar en ella, que había sido ella la dueña de sus sueños desde el día en que la vio por primera vez; pedía, rogaba porque algún día ese sueño se convirtiera en realidad, porque el joven de ojos claros declarara que no podía seguir adelante sin ella. Era un sueño, un simple sueño que le hacía sonreír antes de dormir y le permitía suspirar al levantarse por las mañanas, era un sueño que sólo debía conformarse con soñar, porque sabía que nunca podría hacerse realidad.

Y como era terca e insistente, hacía todo lo posible por tener al menos su amistad. Y para su sorpresa, aquel sentimiento fue correspondido, porque Stefano parecía no tener problemas en ser simplemente un amigo. Pero aquello no importó, para la joven fue más que suficiente, ella sólo quería saber él estaba bien, que podía dedicarle una dulce sonrisa, que podía regalarle un saludo y escuchar atenta la respuesta ante su habitual pregunta “¿Cómo estás?” eran amigos y ella era feliz con eso. O lo fue, hasta que su mundo volvió a girar y por algún ensañamiento del destino, sus sueños comenzaron a hacerse realidad. Sin poder darle una explicación válida a la vida, Stefano admitía que sí, la quería, la quería, tal vez no como ella lo había pensado y soñado tantas veces, pero sí lo suficiente para que en alguna pequeña parte al menos, su corazón latiera por ella. Y eso era todo lo que Delilah necesitaba para poder ser feliz.

Definir su relación es algo verdaderamente complicado, pues llamarle “noviazgo” sería muy arriesgado, muy alejado de la realidad. Sin embargo, ambos sabían que todo aquello que tenían era mucho más fuerte que una simple amistad. Salían juntos, algunas veces iban de la mano, otras simplemente se dedicaban a tontear, hablaban de cosas sin sentido y cosas realmente importantes a la vez. Estaban y eso era suficiente. El tiempo no importó, porque no se llevaba una cuenta de los días que pasaban juntos, ella estaba enamorada, aunque no era capaz de admitirlo, sentía miedo, miedo porque él podía alejarse si ella decidía confesar que lo amaba, miedo a estar sola a vivir sin él, sentía miedo de no volver a verlo, por eso calló, por eso se conformó con amarlo en silencio.

A Delilah le gustaba imaginar su relación como una imponente presentación de ballet. Capaz de conquistar cualquier cosa si se lo proponía, de impresionar, de maravillar, llena de luz, de amor, de entrega, de perseverancia, constancia, fe, seguridad. Que entregaba alegrías, sonrisas, que daba paz. Pero ¿cómo no? del mismo modo que sus padres se negaban a que ella fuera una gran bailarina, también se negaban a que la chica frecuentara al joven italiano. Simplemente no lo aceptaban porque según ellos, no estaba a la altura de una de las herederas Barlow. Por eso se empeñaron en separarlos, en terminar con aquella magia, en acabar con la música del piano que ambientaba la danza de sus corazones. Por eso amenazaron con llevar a la chica a un internado en el extranjero si continuaba a su lado.

Pero a ella no le importó, porque tampoco pensaba permitir que sus padres pisotearan sus sentimientos, amaba a Stefano por sobre todas las cosas y pensaba demostrarlo al mundo, luchar por ese sentimiento, oponerse a quien tuviera que oponerse, sólo contaba con dieciséis años, aún creía que podía contra el mundo. Y sus padres decidieron por ella, pasaron por encima de todo lo que pudiera soñar, pensar, querer… de sus anhelos, de sus esperanzas… una vez más, actuaron sin tomarla en cuenta y arreglaron todo para que Delilah fuera internada en un colegio de monjas lejos de Inglaterra.

De nada habían servido las lágrimas y los ruegos, sus padres estaban decididos a alejarla de Stefano y sus hermanas no hacían nada por impedirlo. Lo peor del caso era que en el fondo, la chica sabía que Stefano era sólo un pretexto, una vía más fácil de llevarla a un internado sin que sonara cruel, sin ser honestos, porque en el fondo simplemente querían encontrar la manera de acabar con la Delilah rebelde que no quería estudiar Medicina, querían arrebatarle todas esas ideas de bailar, de sentirse libre gracias al ballet. Pero a ella no le importaba el ballet, sólo quería permanecer junto a la persona que amaba, quería perderse siempre en su mirada y respirar su mismo aire, sonreír cuando él sonriera, hablarle o solamente escuchar su voz. Stefano era la única persona que podía hacerla olvidar el baile… que casi lograba que se olvidara de ella misma.

Con todo y eso, sus padres querían que se separara de él.
Con todo y eso, ella no estaba dispuesta a aceptarlo.

Decidió permanecer a su lado por siempre, ocupar su corazón… decidió entregarle su vida una tarde lluviosa, darle cada historia, cada vivencia, darle sus esperanzas, su amor, su alegría, entregarle un beso junto a un abrazo, obsequiarle su mejor sonrisa… decidió entregarle su alma, su vida entera. Pertenecerle en cuerpo y alma, eso quería, eso anhelaba. Verlo una última vez y sonreírle, decirle que estaba bien, sí… quería mentirle porque no podía desperdiciar aquella ocasión diciendo verdades que dolían. Prefería sonreír gracias a una mentira, antes que llorar por ver la tristeza en sus ojos producto de aquella absurda verdad. Porque sus ojos no podían estar tristes, Stefano siempre debía sonreír… su alma debía sonreír, su espíritu debía seguir siendo aventurero, su mirada estaba obligada a seguir inspirando paz. Ella no era quien para impedirlo, ni ella ni sus padres que tanto daño le estaban causando. Ella aún soñaba, con que su amor era totalmente correspondido. Por eso se sintió plena y feliz al descubrirse en sus brazos, al sentir la magia de un único momento, de sonreírle a pesar de sentir miedo. Confiaba en él como nunca había confiado en nadie. Por eso supo que había tomado la decisión correcta, por eso nunca se arrepintió de haberse entregado al amor, de dejarse llevar por él. Nunca se sintió culpable, nunca. Porque se había entregado a Stefano con toda la sinceridad que tenía, con el corazón gritándole que todo aquello era lo correcto, que no podía equivocarse nunca con respecto a la decisión tomada, porque lo amaba y eso era más que suficiente para que todas las inseguridades desaparecieran de su vida.

Sentía que había conocido la felicidad… y ¿cómo no? casi inmediatamente le tocó conocer la tristeza. Su vida volvió a girar… esta vez para mal.

Una mañana como cualquier otra, su padre entró a su habitación informándole que se quedaría en Londres, que el asunto del internado había quedado olvidado, que no se preocupara más por ello. Incluso sonrió y se ofreció a llevarla a la academia de baile. Pero Delilah no aceptó, ella quería ver a Stefano, contarle la buena noticia, decirle que nunca se iría, que podría permanecer a su lado. Pero no lo encontró, el joven no estaba en el lugar de siempre, simplemente no había ido a su encuentro, no había acudido a aquella habitual cita. Había decidido no acompañarla al ballet.

Y aquella sólo fue la primera de muchas ausencias más. A decir verdad, nunca más volvió a saber de él, no volvió a escucharlo ni mucho menos se encontró con su sonrisa. ¡Y su mirada! Tampoco estaba, ni sus abrazos protectores, no estaban… no iban a estar, Stefano se había ido. Su padre se había encargado de alejarlo de ella; según sus propias palabras “le había ofrecido una considerable cantidad de dinero a cambio de que aceptara irse del país, olvidarse de ella y no volver a acercársele nunca más” de modo que él había aceptado y desde ese momento Delilah tendría que aprender a vivir sin su compañía.

Dejó el ballet, ya no sentía deseos de continuar bailando. Asistió a clases por mero compromiso, aunque la verdad era que ni siquiera sabía cómo llegaba al colegio pues no recordaba siquiera el haberse levantado de la cama. No entendía cómo respiraba, tampoco sabía de qué manera su corazón seguía latiendo, pues el dolor y la decepción se encargaban, cada día, de pisotearlo. Lo había tenido todo y de pronto ya no tenía nada. Había amado a un hombre que sólo había amado su dinero, que había jugado con ella, que le había hecho soñar para luego destruir cada sueño. Ya nada tenía sentido…

…o no lo tendría hasta que, poco más de un mes de aquel inminente abandono, la chica recibió una de las noticias más importantes de su vida, la noticia que cambiaría todas las cosas, que las cambiaría para siempre: Delilah estaba embarazada, tenía dieciséis años y sería madre, en su vientre crecía la vida… parte de ella, pero parte de él también y por mucho que intentara oponerse, resultaba que aquel hecho le alegraba. Porque en el fondo continuaba enamorada de él, aunque ya no soñaba y no soñaría nunca más. Simplemente no podía arrancarse ese amor del corazón… y lo peor era que eso dolía e iba a doler por siempre.

La reacción de sus padres fue la esperada, tratándose de ellos y gracias a esa reacción Delilah dejó de ser Delilah, para convertirse en Helena… todo había sido muy simple, había tenido dos opciones:

La primera, citando a su padre: “Puedes deshacerte del niño, también puedes esperar a que nazca y entregarlo en adopción; luego de eso te irás al internado y no mencionarás nunca lo sucedido. En la familia Barlow no podemos permitirnos un error como éste.”

La segunda, en palabras de su madre: “O puedes irte de la casa, alejarte de la familia, pero sin dinero, sin favores, te irás y no volverás nunca, te olvidarás de todos nosotros y nosotros nos olvidaremos de ti, posiblemente digamos a todos que has muerto y actuaremos en consecuencia durante algún tiempo. Luego lo superaremos y continuaremos con nuestras vidas.”

No hay que ser muy inteligente para conocer la opción elegida, la noche antes de marcharse de casa se aseguró de tomar todo el dinero que pudo encontrar en la caja fuerte de sus padres, se hizo con las joyas de su madre y hermanas, tomó cada prenda de ropa de su armario y algún que otro objeto preciado, con suficiente valor sentimental como para no poder desprenderse de él. Se aseguró de tomar sus zapatillas y se deshizo de los sueños. Tuvo que robar a su familia para poder comenzar una nueva vida. Tuvo que subir a un avión y guardarse las lágrimas, tuvo que llegar a Estados Unidos y refugiarse en un pequeño lugar, en una localidad que no debía de estar plasmada en el mapa… decidió radicarse en La Push, comprar un auto usado y bastante viejo, encontrar una pequeña casita y comenzar desde cero. Lejos de todo, de todos… siendo olvidada y capaz de olvidar. Dándole vida a Helena Harper la chica triste y bastante tímida, la que no habla, la que no confía, la dolida, la solitaria… y es que sí, desde ese día vivió en soledad. Sabiendo que lo único que la mantenía de pie era la esperanza de ver los ojos de su hijo, de comprobar que eran como los del único amor de su vida… aunque quisiera negarlo, quería que el bebé heredara la mirada de su primer y único amor, quería que se pareciera a su padre, a Stefano Mancini.



Datos Extra


-Nunca le gustó su nombre, prefería que le dieran apodos o la llamaran de otra forma. Sus hermanas y algunos amigos le decían “Del” pero sus padres siempre le llamaron Delilah. Stefano era el único que le llamaba “Lilah” y eso le gustaba.

-Lleva un anillo en el dedo anular derecho, fue un obsequio de su madre por su décimo cumpleaños.

-Es amante de la Pizza aunque en Londres casi nunca la comía.

-Su helado favorito es el de chocolate.

-No le gustan las galletas, tampoco los pasteles.

-Es alérgica al polvo.

-Le asustan los gatos.

-Es amante del té.

-De vez en cuando se siente culpable por haber dejado el ballet. De cualquier manera sabe que no podrá volver a practicarlo, al menos hasta que nazca su bebé.

-No puede negarlo, aún quiere a Stefano, pero sabe también que se cree incapaz de perdonarlo. De cualquier manera agradece no saber nada de él.

-Muchas veces siente miedo por tener que enfrentar la vida sola.

-Nunca meditó siquiera la idea de su padre de deshacerse de su hijo.

-No tiene idea de lo que va a hacer cuando el dinero que tiene se termine, por eso piensa buscar un trabajo a las afueras de La Push.

-Decidió ir al Instituto de Forks porque le gusta mucho más el clima del pueblo que el de La Push.

-No sabe nadar, sin embargo le gusta dar paseos por la playa.

-Nunca se ha permitido llorar por lo sucedido con su familia, pero aún siente dolor por ello. De cualquier manera, sí ha llorado por lo ocurrido con Stefano, no puede perdonarse el haber sido tan estúpida.

-Ni en Forks, ni en La Push se conoce su verdadera historia, nadie sabe de la existencia de Delilah Barlow.

-Sólo el director del Instituto de Forks y algunos profesores saben que está embarazada.

-Algunas noches se despierta asustada pues pesadillas en las que Stefano se despide de ella con una sonrisa burlona en el rostro, para decirle que nunca la había querido; interrumpen sus sueños.

-Le gusta cantar.

-Sabe tocar el piano, pero nunca lo hace.

-Lleva un diario en el que escribe las cosas más importantes que le suceden.

-También lleva un diario en el que escribe sus sueños y pesadillas, una vez al mes se dedica a quemar las páginas de las pesadillas.

-Lleva una esclava de plata en la muñeca izquierda, de ella pende un dije con forma de zapatillas de ballet.

-Al llegar a La Push compró un auto, bastante pequeño e incluso usado, pero de alguna forma a ella le encanta, cree que va con su personalidad, porque es bastante sencillo.

-No tiene pensado volver a su casa en Londres. En cierta parte se siente aliviada por haberse alejado de ellos.

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